lunes, 27 de julio de 2015

El rey celoso (Primera parte)

Cuenta la leyenda que en un país muy lejano regía un rey gentil sobre el que pesaba una terrible maldición.

En aquellos días las hadas y los dragones eran seres tan corrientes como los animales domésticos. Tampoco era extraño que hubieran valientes hombres dispuestos a proteger a una dama, caballeros andantes que rescataran a hermosísimas damiselas de las garras de un gigante y bosques encantados donde se encuentra una fauna y flora muy variada.



La historia comienza en el instante en el que Valeriano Mayor, el ladrón y asesino más conocido del reino, después de realizar una de sus innumerables fechorías fue apresado por la guardia real. El rey hizo cuenta de la mayor parte de los actos delictivos cometidos por el malhechor en cuestión y finalmente dictaminó su ejecución en la Plaza Mayor. El pueblo festejó la ejecución del hombre que tanto los había aterrorizado durante los últimos diez años. No obstante, nadie podía imaginar que el final de esta pesadilla supusiese el inicio de otra pesadilla de carácter más privado para el buen rey.

 La malvada madre de Valeriano hizo uso de toda su ira para conjurar a todos los demonios en contra del rey que había condenado a su hijo. Irrumpió el festejo realizando el cruel sacrificio de un gallo al cual degolló esparciendo su sangre sobre todos los habitantes. Al percatarse de las rojas salpicaduras cundió el pánico de tal modo que muchos no alcanzaron a comprender qué sucedía realmente. En mitad del caos la malvada bruja gritaba:
Looking for Lancelot, 1894

-Todos los hijos que engendres morirán de forma violenta antes de los diez años. Todas tus esposas te abandonarán y el reino se quedará sin heredero...

La malvada bruja no alcanzó a decir mucho más. El rey, aterrorizado, comprendió que la maldición le afectaba directamente. En un vano intento de tranquilizar a su pueblo no se le ocurrió nada mejor que ordenar a la guardia real la ejecución de la bruja que había osado maldecirle y poco después invirtió gran parte de sus riquezas en curanderos y adivinos que le asegurasen que sus hijos no morirían antes de los diez años. Pero todo fue inútil. Los curanderos, magos y hadas sabían que la magia oscura era muy difícil de combatir y el sacrificio cometido por la bruja había convertido su conjuro en una fuerza irrefrenable.

El rey envejeció rápidamente. En su rostro aparecieron unas marcadas arrugas que reflejaban su constante preocupación por el destino de su reino. Su consejero le recomendó que contrajera matrimonio con la bella hija de su primo, Laurencia. Al principio no le resultaba demasiado atractiva la idea de contraer matrimonio con la joven Laurencia, la recordaba como una pequeña chiquilla de cabello enmarañado. No obstante, en el instante en el que vio sus suaves y gentiles formas después de tantos años se encaprichó de ella de tal modo que no pudo evitar pasar las noches suspirando en su alcoba y obsequiar a su pueblo con alegres festejos. 

La joven Laurencia aceptó su proposición con una amplia sonrisa. El día de su boda, Laurencia contempló a su esposo con sus grandes y negros ojos. Aquel día lucía su oscura melena con cintas de oro y plata. En la primera noche el rey irradiaba felicidad. Volvía a sentir el latir acelerado de su corazón. Abrazó con gran amor a Laurencia y le prometió amor eterno.

Sin embargo, la euforia del rey comenzó a apagarse en el momento en el que se percató del modo con que sus vasallos contemplaban a su esposa. Laurencia era una mujer bellísima que comenzó a despertar las pasiones de todos cuantos la rodeaban.

El rey, arrebatado por los celos, ordenó que fuera confinada a un gigantesco palacio que mandó edificar en su honor en las afueras del reino...

CONTINUARÁ

Texto: Silvia Serret

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